Señor Jesús, ponemos en tus manos hoy este proyecto hecho realidad, de conquistar nuestro espacio en la Internet para esta emisora comunitario y evangelizadora, permitenos llegar ha muchas personas en el mundo con un mensaje de esperanza y de paz, queremos ser una emisora diferente, una emisora para el bien y para el bienestar de nuestro oyentes. Aleja de nosotros toda pretención equivicada que perturbe nuestra misión y nuestros propósitos de bondad. Bendice todas las personas que laboramos en este medio radial, lo mismo que a nuestros programadores, anunciantes y colaboradores y muy especialmente a nuestros oyentes; todos unidos formamos la gran familia asocomunal para la construcción de un mundo nuevo, lleno de fraternidad, de servicio y amor. Bendice también todos los medios tecnológicos que nos permiten llegar al mundo con nuestra voz. A ti nos encomendamos Señor Jesús, para que nuestra labor sea de tu agrado y de mucha bendición para el mundo, te lo pedipos a tí que vives y reinas por los siglos de los siglos, Amén.
Por. Ramón Arturo Gómez Zuluaga.
domingo, 20 de julio de 2008
sábado, 12 de julio de 2008
Un corazón inquieto por la conversión
domingo, 13 de julio de 2008
Pedro Beteta
--------------------------------------------------------------------------------
AnalisisDigital.com
Cuentan de una señora, guía del interior de la Basílica de San Pedro que tuvo que hacer de cicerone a una persona ciega. Ante el desconcierto y la negativa a intentarlo por parte de la guía, la ciega le dijo que no se preocupara. Como usted se conocerá la Basílica “a ojos cerrados” cierre los ojos, sea ciega un rato como yo y hagamos juntas el recorrido y comience a narrarme “lo que ve” con la memoria y yo lo veré con mi imaginación. Conversión, Fe. De eso se trata.
Muchas veces insiste el Papa en esta idea: “No se llega a ser cristiano por nacimiento sino por conversión”. Se me antoja que deberían meditar estas sencillas palabras tantos cristianos que se extrañan del comportamiento, tan ajeno al suyo, por parte de sus hijos a los que han llevado a colegios de enseñanza cristiana y ahora no practican. Se hace necesario un examen personal, por parte de esos padres, acerca del ejemplo diario y constante por vivir lo que quizás deseaban que sus hijos vivieran y en ellos no lo veían, tan sólo lo oían. Ser cristiano es una conversión a Cristo, no una herencia espiritual que no se valora por no haber costado esfuerzo.
Mucho le dolía a Juan Pablo II la ingratitud que ante la fe recibida en un hogar cristiano quedaba estéril. Alentaba a cambiar, recordando ¡cuántos no poseen la verdad, y arrastran su existencia sin un “para qué”; cuántos, quizá, después de vanas y extenuantes búsquedas, desilusionados y amargados se han abandonado, y se abandonan todavía, a la desesperación! Ellos no llegan, y tal vez no lo hagan nunca, donde nosotros por un don inmerecido ya estamos. “¡Vosotros poseéis ya la verdad entera, luminosa, consoladora! ¡Cuántos envidian vuestra situación! (...) Sabed ser sensibles y dóciles para no despilfarrar o deteriorar el don inmensamente precioso que poseéis” [1].
Así estimulaba a la responsabilidad pensando en cuántos habían logrado encontrar la verdad sólo después de años de angustiosos interrogantes y penosas experiencias. Pensad, por ejemplo, decía, en el dramático itinerario de San Agustín para llegar a la luz de la verdad y en la paz de la inocencia reconquistada. ¡Y qué suspiro lanzó cuando finalmente alcanzó la luz! Y exclamó con nostalgia: “¡Tarde te amé!”. Recordaba en la fatiga que tuvo que pasar el célebre Cardenal Newman para llegar, con la fuerza de la lógica, al Catolicismo. ¡Qué larga y dolorosa agonía espiritual! Y así podríamos recordar tantas otras figuras eminentes, pasadas y recientes, que han tenido que luchar duramente para ganar la verdad [2].
En uno de sus innumerables libros, el cardenal Ratzinger, recordaba cómo en las iglesias barrocas de Alemania, en la zona de Baviera, los retablos de muchas de ellas tienen un cierto aire de puerta. Como si allí no acabara la nave sino que se abriera a la eternidad divina. El altar del Sacrificio viene a ser como el dintel. Los santos del retablo serían también como ventanas que remiten al más allá. Los cristianos necesitamos mirar la vida de los santos porque ellos parecen descomponer la luz divina, como un prisma que da los colores del arco iris, y asomarnos a Dios. Hay que mirar a los santos para aprender a convertirnos cada día un poco más al cristianismo, a ser un poco más Cristo.
Ellos son nuestros hermanos mayores y si ellos lograron la santidad, ¿por qué tú y yo no lo hemos de conseguir? Pero, ¿quiero yo? ¡Sí! “Dios que te creó sin ti no te salvará sin ti”, decía el obispo de Hipona. San Agustín es un santo a quien se le ha llamado el primer hombre moderno. Nació en una época con problemáticas muy parecidas a las nuestras: crisis y cambios en los que la fe no era algo espontáneo sino que había que buscar. Hoy el relativismo hace escépticos y, como entonces el maniqueísmo, tendemos a dividir todo en bueno o malo, erróneamente. Él no fue cristiano de nacimiento sino por conversión. Tuvo dos conversiones medulares: a Cristo y, por Él, a servirle en la salvación de las almas. Esto tiene validez hoy también para nosotros.
La primera es conocida a grandes rasgos. De niño no llegó a recibir el bautismo y el encuentro con la ciencia de su tiempo, le lleva a afirmar con la mayoría que la Biblia es un libro de historia bastante necio. Cae en el racionalismo maniqueo y después en el escepticismo. Su corazón queda vacío como ocurre también ahora, en el de tantos, por motivos semejantes. El placer no satisfizo sus ansias de felicidad y se daba cuenta, le fastidiaba no ser feliz como lo era uno de sus siervos. En sus Confesiones nos cuenta que un día deja a su amigo Alipio para estar en el jardín a solas con su angustia y oyó una voz de niño que exclamaba “tolle et lege!”, toma y lee. No ve a nadie y los niños no usarían ese vocablo. Nervioso toma la Biblia, abre y lee: Revestíos del Señor Jesús. Eso supuso el cambio de su existencia.
La segunda conversión es conversión para servir a las almas. ¡Danos, Señor, un amor tierno por todas y cada una de las almas! Agustín está ya dedicado al silencio y al recogimiento. Meditaba la palabra de Dios retirado del mundo. Hizo un viaje a Hipona, gran puerto del norte de África. Una vez allí entró en la iglesia donde predicaba un sermón Valerio, un anciano obispo quien entre otras muchas cosas dijo que ya era anciano y debido a su origen griego le costaba la predicación por lo que estaba buscando un hombre que le ayudase. En ese preciso momento se levantó un tumultuoso griterío en el templo: ¡Agustín ha de ser nuestro obispo! Lo cogieron y llevaron a rastras hasta el altar. Todo su forcejeo, su llanto y su resistencia fueron inútiles. Valerio, el obispo respaldó esta decisión. Pocos días antes de su ordenación episcopal escribió al obispo Valerio: “Me da la sensación de que soy un hombre, que sin haber aprendido a remar, va a convertirse de repente en timonel de un gran barco. Esta es la razón por la que lloré en silencio cuando fui ordenado sacerdote…” [3].
Así abría su corazón el Papa actual a sus hijos alemanes al poco de ser elegido: “Cuando, lentamente, el desarrollo de las votaciones me permitió comprender que, por decirlo así, la guillotina caería sobre mí, me quedé desconcertado. Creía que había realizado ya la obra de toda una vida y que podía esperar terminar tranquilamente mis días. Con profunda convicción dije al Señor: ¡no me hagas esto! Tienes personas más jóvenes y mejores, que pueden afrontar esta gran tarea con un entusiasmo y una fuerza totalmente diferentes” [4].
Abandonó el santo de Hipona su retiro desértico de oración y contemplación de la palabra de Dios para entrar en un fragor de problemas cotidianos de gran y pequeña monta. Reflexionando sobre unas palabras del Cantar de los Cantares, en donde se dice que bien entrada la noche el esposo llama a la puerta de la esposa y ésta no quiere abrir, diciendo: “Ya no quiero levantarme, ensuciarme los pies: ya me he acostado, ya no tengo tiempo”. San Agustín dice: el esposo y la esposa son una imagen de Cristo y la Iglesia. Pero ¿cómo puede suceder que la esposa se ensucie los pies al abrirle la puerta a Cristo? ¿Cómo puede ser que la Iglesia no tenga ganas de abrirle la puerta? Entonces se da cuenta de que esa iglesia que se ha retirado a descansar es la imagen de aquellos creyentes que sólo quieren gozar para sí de la palabra del Señor y no quieren ser molestados por la suciedad de este mundo.
Pero Cristo no nos permite esta tranquilidad. Llama a nuestra puerta y a la de todos los hombres que buscan errantes la verdad. Nos pide que nos levantemos y le anunciemos. No hay excusa “cristiana” de ninguna manera para no extender el Evangelio, la palabra de Dios. Ésa palabra que llevamos dentro ha de ayudar a descubrir a cada alma la palabra divina que albergan en sus almas.
Nietzsche dijo que no podía soportar a San Agustín por lo plebeyo y vulgar que le parecía. Ahí radica su grandeza, que pudiendo haber sido un aristócrata del espíritu, abandonó por Cristo su torre de marfil y salió a la palestra de lo que Dios le pedía. También es verdad que este hombre temía más la verdad que la muerte y San Agustín buscó toda su vida la verdad y cuando la encontró, en su segunda conversión, la vuelve a dar.
Un día, este hombre, corazón inquieto, hablando con su madre en la quietud de su Villa, en Ostia junto a la desembocadura del Tiber, después de su conversión, antes de regresar a África, mirando los dos cómo el ancho mar se une con cielo azul, hablan de cómo será cuando el mar y el cielo se hundan, cuando ya no exista ni pasado ni futuro, sino el único eterno hoy de Dios. Dice el santo que en ese momento se nos concedió sentir por un instante el misterio de lo eterno y allí dejamos las primicias de nuestro espíritu. Cinco días después la malaria se llevó a su madre a la tumba y Ostia quedó, algunos meses después, esquilmada [5].
Pedro Beteta. Teólogo y escritor
Notas al pie:
[1] Juan Pablo II, A los seminaristas romanos, 13-X-1979
[2] Juan Pablo II, A los seminaristas romanos, 13-X-1979
[3] Cfr. J. Ratzinger; PALABRA EN LA IGLESIA, Ed. Salamanca 1976, pp. 304-311
[4] Discurso a los peregrinos alemanes, 25-IV-2005
[5] Cfr. J. Ratzinger; PALABRA EN LA IGLESIA, Ed. Salamanca 1976, pp. 304-311
Pedro Beteta
--------------------------------------------------------------------------------
AnalisisDigital.com
Cuentan de una señora, guía del interior de la Basílica de San Pedro que tuvo que hacer de cicerone a una persona ciega. Ante el desconcierto y la negativa a intentarlo por parte de la guía, la ciega le dijo que no se preocupara. Como usted se conocerá la Basílica “a ojos cerrados” cierre los ojos, sea ciega un rato como yo y hagamos juntas el recorrido y comience a narrarme “lo que ve” con la memoria y yo lo veré con mi imaginación. Conversión, Fe. De eso se trata.
Muchas veces insiste el Papa en esta idea: “No se llega a ser cristiano por nacimiento sino por conversión”. Se me antoja que deberían meditar estas sencillas palabras tantos cristianos que se extrañan del comportamiento, tan ajeno al suyo, por parte de sus hijos a los que han llevado a colegios de enseñanza cristiana y ahora no practican. Se hace necesario un examen personal, por parte de esos padres, acerca del ejemplo diario y constante por vivir lo que quizás deseaban que sus hijos vivieran y en ellos no lo veían, tan sólo lo oían. Ser cristiano es una conversión a Cristo, no una herencia espiritual que no se valora por no haber costado esfuerzo.
Mucho le dolía a Juan Pablo II la ingratitud que ante la fe recibida en un hogar cristiano quedaba estéril. Alentaba a cambiar, recordando ¡cuántos no poseen la verdad, y arrastran su existencia sin un “para qué”; cuántos, quizá, después de vanas y extenuantes búsquedas, desilusionados y amargados se han abandonado, y se abandonan todavía, a la desesperación! Ellos no llegan, y tal vez no lo hagan nunca, donde nosotros por un don inmerecido ya estamos. “¡Vosotros poseéis ya la verdad entera, luminosa, consoladora! ¡Cuántos envidian vuestra situación! (...) Sabed ser sensibles y dóciles para no despilfarrar o deteriorar el don inmensamente precioso que poseéis” [1].
Así estimulaba a la responsabilidad pensando en cuántos habían logrado encontrar la verdad sólo después de años de angustiosos interrogantes y penosas experiencias. Pensad, por ejemplo, decía, en el dramático itinerario de San Agustín para llegar a la luz de la verdad y en la paz de la inocencia reconquistada. ¡Y qué suspiro lanzó cuando finalmente alcanzó la luz! Y exclamó con nostalgia: “¡Tarde te amé!”. Recordaba en la fatiga que tuvo que pasar el célebre Cardenal Newman para llegar, con la fuerza de la lógica, al Catolicismo. ¡Qué larga y dolorosa agonía espiritual! Y así podríamos recordar tantas otras figuras eminentes, pasadas y recientes, que han tenido que luchar duramente para ganar la verdad [2].
En uno de sus innumerables libros, el cardenal Ratzinger, recordaba cómo en las iglesias barrocas de Alemania, en la zona de Baviera, los retablos de muchas de ellas tienen un cierto aire de puerta. Como si allí no acabara la nave sino que se abriera a la eternidad divina. El altar del Sacrificio viene a ser como el dintel. Los santos del retablo serían también como ventanas que remiten al más allá. Los cristianos necesitamos mirar la vida de los santos porque ellos parecen descomponer la luz divina, como un prisma que da los colores del arco iris, y asomarnos a Dios. Hay que mirar a los santos para aprender a convertirnos cada día un poco más al cristianismo, a ser un poco más Cristo.
Ellos son nuestros hermanos mayores y si ellos lograron la santidad, ¿por qué tú y yo no lo hemos de conseguir? Pero, ¿quiero yo? ¡Sí! “Dios que te creó sin ti no te salvará sin ti”, decía el obispo de Hipona. San Agustín es un santo a quien se le ha llamado el primer hombre moderno. Nació en una época con problemáticas muy parecidas a las nuestras: crisis y cambios en los que la fe no era algo espontáneo sino que había que buscar. Hoy el relativismo hace escépticos y, como entonces el maniqueísmo, tendemos a dividir todo en bueno o malo, erróneamente. Él no fue cristiano de nacimiento sino por conversión. Tuvo dos conversiones medulares: a Cristo y, por Él, a servirle en la salvación de las almas. Esto tiene validez hoy también para nosotros.
La primera es conocida a grandes rasgos. De niño no llegó a recibir el bautismo y el encuentro con la ciencia de su tiempo, le lleva a afirmar con la mayoría que la Biblia es un libro de historia bastante necio. Cae en el racionalismo maniqueo y después en el escepticismo. Su corazón queda vacío como ocurre también ahora, en el de tantos, por motivos semejantes. El placer no satisfizo sus ansias de felicidad y se daba cuenta, le fastidiaba no ser feliz como lo era uno de sus siervos. En sus Confesiones nos cuenta que un día deja a su amigo Alipio para estar en el jardín a solas con su angustia y oyó una voz de niño que exclamaba “tolle et lege!”, toma y lee. No ve a nadie y los niños no usarían ese vocablo. Nervioso toma la Biblia, abre y lee: Revestíos del Señor Jesús. Eso supuso el cambio de su existencia.
La segunda conversión es conversión para servir a las almas. ¡Danos, Señor, un amor tierno por todas y cada una de las almas! Agustín está ya dedicado al silencio y al recogimiento. Meditaba la palabra de Dios retirado del mundo. Hizo un viaje a Hipona, gran puerto del norte de África. Una vez allí entró en la iglesia donde predicaba un sermón Valerio, un anciano obispo quien entre otras muchas cosas dijo que ya era anciano y debido a su origen griego le costaba la predicación por lo que estaba buscando un hombre que le ayudase. En ese preciso momento se levantó un tumultuoso griterío en el templo: ¡Agustín ha de ser nuestro obispo! Lo cogieron y llevaron a rastras hasta el altar. Todo su forcejeo, su llanto y su resistencia fueron inútiles. Valerio, el obispo respaldó esta decisión. Pocos días antes de su ordenación episcopal escribió al obispo Valerio: “Me da la sensación de que soy un hombre, que sin haber aprendido a remar, va a convertirse de repente en timonel de un gran barco. Esta es la razón por la que lloré en silencio cuando fui ordenado sacerdote…” [3].
Así abría su corazón el Papa actual a sus hijos alemanes al poco de ser elegido: “Cuando, lentamente, el desarrollo de las votaciones me permitió comprender que, por decirlo así, la guillotina caería sobre mí, me quedé desconcertado. Creía que había realizado ya la obra de toda una vida y que podía esperar terminar tranquilamente mis días. Con profunda convicción dije al Señor: ¡no me hagas esto! Tienes personas más jóvenes y mejores, que pueden afrontar esta gran tarea con un entusiasmo y una fuerza totalmente diferentes” [4].
Abandonó el santo de Hipona su retiro desértico de oración y contemplación de la palabra de Dios para entrar en un fragor de problemas cotidianos de gran y pequeña monta. Reflexionando sobre unas palabras del Cantar de los Cantares, en donde se dice que bien entrada la noche el esposo llama a la puerta de la esposa y ésta no quiere abrir, diciendo: “Ya no quiero levantarme, ensuciarme los pies: ya me he acostado, ya no tengo tiempo”. San Agustín dice: el esposo y la esposa son una imagen de Cristo y la Iglesia. Pero ¿cómo puede suceder que la esposa se ensucie los pies al abrirle la puerta a Cristo? ¿Cómo puede ser que la Iglesia no tenga ganas de abrirle la puerta? Entonces se da cuenta de que esa iglesia que se ha retirado a descansar es la imagen de aquellos creyentes que sólo quieren gozar para sí de la palabra del Señor y no quieren ser molestados por la suciedad de este mundo.
Pero Cristo no nos permite esta tranquilidad. Llama a nuestra puerta y a la de todos los hombres que buscan errantes la verdad. Nos pide que nos levantemos y le anunciemos. No hay excusa “cristiana” de ninguna manera para no extender el Evangelio, la palabra de Dios. Ésa palabra que llevamos dentro ha de ayudar a descubrir a cada alma la palabra divina que albergan en sus almas.
Nietzsche dijo que no podía soportar a San Agustín por lo plebeyo y vulgar que le parecía. Ahí radica su grandeza, que pudiendo haber sido un aristócrata del espíritu, abandonó por Cristo su torre de marfil y salió a la palestra de lo que Dios le pedía. También es verdad que este hombre temía más la verdad que la muerte y San Agustín buscó toda su vida la verdad y cuando la encontró, en su segunda conversión, la vuelve a dar.
Un día, este hombre, corazón inquieto, hablando con su madre en la quietud de su Villa, en Ostia junto a la desembocadura del Tiber, después de su conversión, antes de regresar a África, mirando los dos cómo el ancho mar se une con cielo azul, hablan de cómo será cuando el mar y el cielo se hundan, cuando ya no exista ni pasado ni futuro, sino el único eterno hoy de Dios. Dice el santo que en ese momento se nos concedió sentir por un instante el misterio de lo eterno y allí dejamos las primicias de nuestro espíritu. Cinco días después la malaria se llevó a su madre a la tumba y Ostia quedó, algunos meses después, esquilmada [5].
Pedro Beteta. Teólogo y escritor
Notas al pie:
[1] Juan Pablo II, A los seminaristas romanos, 13-X-1979
[2] Juan Pablo II, A los seminaristas romanos, 13-X-1979
[3] Cfr. J. Ratzinger; PALABRA EN LA IGLESIA, Ed. Salamanca 1976, pp. 304-311
[4] Discurso a los peregrinos alemanes, 25-IV-2005
[5] Cfr. J. Ratzinger; PALABRA EN LA IGLESIA, Ed. Salamanca 1976, pp. 304-311
lunes, 7 de julio de 2008
miércoles, 2 de julio de 2008
UNA REFLEXION DE CONFIANZA
Si nuestra confianza está puesta en el Señor, ¿porqué nos embarga tantos temores en la vida? ¿será que dicha confianza no es plenamente aunténtica y fácilmente queda arrebatado por los afanes de lo tempral?. El Señor nos dice en varios apartes de la Biblio, "no tengan miedo" hoy tenemos temor por el llamado calentamiento global, por la crisis económica mundial, por lo pervertido del comportamiento humano que no está acorde con los criterios divinos, por las enfermedades terminales; son temores de talla mundial. Y los temores de tipo personal son mucho más variados y complicados de resolver: El no encontrar en quien poder confiar, el fracaso en nuestros propósitos, el fallar en la búsqueda de la Felicidad, el no poder cumplir con las obligaciones adquiridas, el morir sin dejar huellas, el temor a la soledad interior, el no poder satisfacer las necesidades que el mundo nos crea, en fin son temores que angustian nuestra existencia; y si nos acercamos a Dios El no sale con su Palabra: "no tengan miedo que yo estoy entre ustedes, los he llamado a cada uno por su nombre, son míos" Is.43,1-5.
domingo, 29 de junio de 2008
Apóstoles y Mártires
Autor: Tere Fernández | Fuente: Catholic.net
Pedro y Pablo, Santos
Fiesta, 29 de junio
Junio 29
Origen de la fiestaSan Pedro y San Pablo son apóstoles, testigos de Jesús que dieron un gran testimonio. Se dice que son las dos columnas del edificio de la fe cristiana. Dieron su vida por Jesús y gracias a ellos el cristianismo se extendió por todo el mundo.
Los cadáveres de San Pedro y San Pablo estuvieron sepultados juntos por unas décadas, después se les devolvieron a sus sepulturas originales. En 1915 se encontraron estas tumbas y, pintadas en los muros de los sepulcros, expresiones piadosas que ponían de manifiesto la devoción por San Pedro y San Pablo desde los inicios de la vida cristiana. Se cree que en ese lugar se llevaban a cabo las reuniones de los cristianos primitivos. Esta fiesta doble de San Pedro y San Pablo ha sido conmemorada el 29 de Junio desde entonces.
El sentido de tener una fiesta es recordar lo que estos dos grandes santos hicieron, aprender de su ejemplo y pedirles en este día especialmente su intercesión por nosotros.
San Pedro
San Pedro fue uno de los doce apóstoles de Jesús. Su nombre era Simón, pero Jesús lo llamó Cefas que significa “piedra” y le dijo que sería la piedra sobre la que edificaría Su Iglesia. Por esta razón, le conocemos como Pedro. Era pescador de oficio y Jesús lo llamó a ser pescador de hombres, para darles a conocer el amor de Dios y el mensaje de salvación. Él aceptó y dejó su barca, sus redes y su casa para seguir a Jesús.
Pedro era de carácter fuerte e impulsivo y tuvo que luchar contra la comodidad y contra su gusto por lucirse ante los demás. No comprendió a Cristo cuando hablaba acerca de sacrificio, cruz y muerte y hasta le llegó a proponer a Jesús un camino más fácil; se sentía muy seguro de sí mismo y le prometió a Cristo que nunca lo negaría, tan sólo unas horas antes de negarlo tres veces.
Vivió momentos muy importantes junto a Jesús:
* Vio a Jesús cuando caminó sobre las aguas. Él mismo lo intentó, pero por desconfiar estuvo a punto de ahogarse.
* Prensenció la Transfiguración del Señor.
* Estuvo presente cuando aprehendieron a Jesús y le cortó la oreja a uno de los soldados atacantes.
* Negó a Jesús tres veces, por miedo a los judíos y después se arrepintió de hacerlo.
* Fue testigo de la Resurrección de Jesús.
* Jesús, después de resucitar, le preguntó tres veces si lo amaba y las tres veces respondió que sí. Entonces, Jesús le confirmó su misión como jefe Supremo de la Iglesia.
* Estuvo presente cuando Jesús subió al cielo en la Ascensión y permaneció fiel en la oración esperando al Espíritu Santo.
* Recibió al Espíritu Santo el día de Pentecostés y con la fuerza y el valor que le entregó, comenzó su predicación del mensaje de Jesús. Dejó atrás las dudas, la cobardía y los miedos y tomó el mando de la Iglesia, bautizando ese día a varios miles de personas.
* Realizó muchos milagros en nombre de Jesús.
En los Hechos de los Apóstoles, se narran varias hazañas y aventuras de Pedro como primer jefe de la Iglesia. Nos narran que fue hecho prisionero con Juan, que defendió a Cristo ante los tribunales judíos, que fue encarcelado por orden del Sanedrín y librado milagrosamente de sus cadenas para volver a predicar en el templo; que lo detuvieron por segunda vez y aún así, se negó a dejar de predicar y fue mandado a azotar.
Pedro convirtió a muchos judíos y pensó que ya había cumplido con su misión, pero Jesús se le apareció y le pidió que llevara esta conversión a los gentiles, a los no judíos.
En esa época, Roma era la ciudad más importante del mundo, por lo que Pedro decidió ir allá a predicar a Jesús. Ahí se encontró con varias dificultades: los romanos tomaban las creencias y los dioses que más les gustaban de los distintos países que conquistaban. Cada familia tenía sus dioses del hogar. La superstición era una verdadera plaga, abundaban los adivinos y los magos. Él comenzó con su predicación y ahí surgieron las primeras comunidades cristianas. Estas comunidades daban un gran ejemplo de amor, alegría y de honestidad, en una sociedad violenta y egoísta. En menos de trescientos años, la mayoría de los corazones del imperio romano quedaron conquistados para Jesús. Desde entonces, Roma se constituyó como el centro del cristianismo.
En el año 64, hubo un incendio muy grande en Roma que no fue posible sofocar. Se corría el rumor de que había sido el emperador Nerón el que lo había provocado. Nerón se dio cuenta que peligraba su trono y alguien le sugirió que acusara a los cristianos de haber provocado el incendio. Fue así como se inició una verdadera “cacería” de los cristianos: los arrojaban al circo romano para ser devorados por los leones, eran quemados en los jardines, asesinados en plena calle o torturados cruelmente. Durante esta persecución, que duró unos tres años, murió crucificado Pedro por mandato del emperador Nerón.
Pidió ser crucificado de cabeza, porque no se sentía digno de morir como su Maestro. Treinta y siete años duró su seguimiento fiel a Jesús. Fue sepultado en la Colina Vaticana, cerca del lugar de su martirio. Ahí se construyó la Basílica de San Pedro, centro de la cristiandad.
San Pedro escribió dos cartas o epístolas que forman parte de la Sagrada Escritura.
¿Qué nos enseña la vida de Pedro?
Nos enseña que, a pesar de la debilidad humana, Dios nos ama y nos llama a la santidad. A pesar de todos los defectos que tenía, Pedro logró cumplir con su misión. Para ser un buen cristiano hay que esforzarse por ser santos todos los días. Pedro concretamente nos dice: “Sean santos en su proceder como es santo el que los ha llamado” (I Pedro, 1,15)
Cada quien, de acuerdo a su estado de vida, debe trabajar y pedirle a Dios que le ayude a alcanzar su santidad.
Nos enseña que el Espíritu Santo puede obrar maravillas en un hombre común y corriente. Lo puede hacer capaz de superar los más grandes obstáculos.
La Institución del Papado
Toda organización necesita de una cabeza y Pedro fue el primer jefe y la primera cabeza de la Iglesia. Fue el primer Papa de la Iglesia Católica. Jesús le entregó las llaves del Reino y le dijo que todo lo que atara en la Tierra quedaría atado en el Cielo y todo lo que desatara quedaría desatado en el Cielo. Jesús le encargó cuidar de su Iglesia, cuidar de su rebaño. El trabajo del Papa no sólo es un trabajo de organización y dirección. Es, ante todo, el trabajo de un padre que vela por sus hijos.
El Papa es el representante de Cristo en el mundo y es la cabeza visible de la Iglesia. Es el pastor de la Iglesia, la dirige y la mantiene unida. Está asistido por el Espíritu Santo, quien actúa directamente sobre Él, lo santifica y le ayuda con sus dones a guiar y fortalecer a la Iglesia con su ejemplo y palabra. El Papa tiene la misión de enseñar, santificar y gobernar a la Iglesia.
Nosotros, como cristianos debemos amarlo por lo que es y por lo que representa, como un hombre santo que nos da un gran ejemplo y como el representante de Jesucristo en la Tierra. Reconocerlo como nuestro pastor, obedecer sus mandatos, conocer su palabra, ser fieles a sus enseñanzas, defender su persona y su obra y rezar por Él.
Cuando un Papa muere, se reúnen en el Vaticano todos los cardenales del mundo para elegir al nuevo sucesor de San Pedro y a puerta cerrada, se reúnen en Cónclave (que significa: cerrados con llave). Así permanecen en oración y sacrificio, pidiéndole al Espíritu Santo que los ilumine. Mientras no se ha elegido Papa, en la chimenea del Vaticano sale humo negro y cuando ya se ha elegido, sale humo blanco como señal de que ya se escogió al nuevo representante de Cristo en la Tierra.
San Pablo
Su nombre hebreo era Saulo. Era judío de raza, griego de educación y ciudadano romano. Nació en la provincia romana de Cilicia, en la ciudad de Tarso. Era inteligente y bien preparado. Había estudiado en las mejores escuelas de Jerusalén.
Era enemigo de la nueva religión cristiana ya que era un fariseo muy estricto. Estaba convencido y comprometido con su fe judía. Quería dar testimonio de ésta y defenderla a toda costa. Consideraba a los cristianos como una amenaza para su religión y creía que se debía acabar con ellos a cualquier costo. Se dedicó a combatir a los cristianos, quienes tenían razones para temerle. Los jefes del Sanedrín de Jerusalén le encargaron que apresara a los cristianos de la ciudad de Damasco.
En el camino a Damasco, se le apareció Jesús en medio de un gran resplandor, cayó en tierra y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” ( Hechos de los Apóstoles 9, 1-9.20-22.).
Con esta frase, Pablo comprendió que Jesús era verdaderamente Hijo de Dios y que al perseguir a los cristianos perseguía al mismo Cristo que vivía en cada cristiano. Después de este acontecimiento, Saulo se levantó del suelo, y aunque tenía los ojos abiertos no veía nada. Lo llevaron a Damasco y pasó tres días sin comer ni beber. Ahí, Ananías, obedeciendo a Jesús, hizo que Saulo recobrara la vista, se levantara y fuera bautizado. Tomó alimento y se sintió con fuerzas.
Estuvo algunos días con los discípulos de Damasco y después empezó a predicar a favor de Jesús, diciendo que era el Hijo de Dios. Saulo se cambió el nombre por Pablo. Fue a Jerusalén para ponerse a la orden de San Pedro.
La conversión de Pablo fue total y es el más grande apóstol que la Iglesia ha tenido. Fue el “apóstol de los gentiles” ya que llevó el Evangelio a todos los hombres, no sólo al pueblo judío. Comprendió muy bien el significado de ser apóstol, y de hacer apostolado a favor del mensaje de Jesús. Fue fiel al llamado que Jesús le hizo en al camino a Damasco.
Llevó el Evangelio por todo el mundo mediterráneo. Su labor no fue fácil. Por un lado, los cristianos desconfiaban de él, por su fama de gran perseguidor de las comunidades cristianas. Los judíos, por su parte, le tenían coraje por "cambiarse de bando". En varias ocasiones se tuvo que esconder y huir del lugar donde estaba, porque su vida peligraba. Realizó cuatro grandes viajes apostólicos para llevar a todos los hombres el mensaje de salvación, creando nuevas comunidades cristianas en los lugares por los que pasaba y enseñando y apoyando las comunidades ya existentes.
Escribió catorce cartas o epístolas que forman parte de la Sagrada Escritura.
Al igual que Pedro, fue martirizado en Roma. Le cortaron la cabeza con una espada pues, como era ciudadano romano, no podían condenarlo a morir en una cruz, ya que era una muerte reservada para los esclavos.
¿Qué nos enseña la vida de San Pablo?
Nos enseña la importancia de la labor apostólica de los cristianos. Todos los cristianos debemos ser apóstoles, anunciar a Cristo comunicando su mensaje con la palabra y el ejemplo, cada uno en el lugar donde viva, y de diferentes maneras.
Nos enseña el valor de la conversión. Nos enseña a hacer caso a Jesús dejando nuestra vida antigua de pecado para comenzar una vida dedicada a la santidad, a las buenas obras y al apostolado.
Esta conversión siguió varios pasos:
1. Cristo dio el primer paso: Cristo buscó la conversión de Pablo, le tenía una misión concreta.
2. Pablo aceptó los dones de Cristo: El mayor de estos dones fue el de ver a Cristo en el camino a Damasco y reconocerlo como Hijo de Dios.
3. Pablo vivió el amor que Cristo le dio: No sólo aceptó este amor, sino que los hizo parte de su vida. De ser el principal perseguidor, se convirtió en el principal propagador de la fe católica.
4. Pablo comunicó el amor que Cristo le dio: Se dedicó a llevar el gran don que había recibido a los demás. Su vida fue un constante ir y venir, fundando comunidades cristianas, llevando el Evangelio y animando con sus cartas a los nuevos cristianos en común acuerdo con San Pedro.
Estos mismos pasos son los que Cristo utiliza en cada uno de los cristianos. Nosotros podemos dar una respuesta personal a este llamado. Así como lo hizo Pablo en su época y con las circunstancias de la vida, así cada uno de nosotros hoy puede dar una respuesta al llamado de Jesús.
Visita el Especial de San Pablo con toda la información acerca del Año Paulino (2008-2009
Sin Mi no vale ni durara la amistad ni es verdadero ni puro el AMOR del que yo no soy lazo de
union! Porque todo lo que no procede de Dios perecera! (Imitacion de Cristo)
Pedro y Pablo, Santos
Fiesta, 29 de junio
Junio 29
Origen de la fiestaSan Pedro y San Pablo son apóstoles, testigos de Jesús que dieron un gran testimonio. Se dice que son las dos columnas del edificio de la fe cristiana. Dieron su vida por Jesús y gracias a ellos el cristianismo se extendió por todo el mundo.
Los cadáveres de San Pedro y San Pablo estuvieron sepultados juntos por unas décadas, después se les devolvieron a sus sepulturas originales. En 1915 se encontraron estas tumbas y, pintadas en los muros de los sepulcros, expresiones piadosas que ponían de manifiesto la devoción por San Pedro y San Pablo desde los inicios de la vida cristiana. Se cree que en ese lugar se llevaban a cabo las reuniones de los cristianos primitivos. Esta fiesta doble de San Pedro y San Pablo ha sido conmemorada el 29 de Junio desde entonces.
El sentido de tener una fiesta es recordar lo que estos dos grandes santos hicieron, aprender de su ejemplo y pedirles en este día especialmente su intercesión por nosotros.
San Pedro
San Pedro fue uno de los doce apóstoles de Jesús. Su nombre era Simón, pero Jesús lo llamó Cefas que significa “piedra” y le dijo que sería la piedra sobre la que edificaría Su Iglesia. Por esta razón, le conocemos como Pedro. Era pescador de oficio y Jesús lo llamó a ser pescador de hombres, para darles a conocer el amor de Dios y el mensaje de salvación. Él aceptó y dejó su barca, sus redes y su casa para seguir a Jesús.
Pedro era de carácter fuerte e impulsivo y tuvo que luchar contra la comodidad y contra su gusto por lucirse ante los demás. No comprendió a Cristo cuando hablaba acerca de sacrificio, cruz y muerte y hasta le llegó a proponer a Jesús un camino más fácil; se sentía muy seguro de sí mismo y le prometió a Cristo que nunca lo negaría, tan sólo unas horas antes de negarlo tres veces.
Vivió momentos muy importantes junto a Jesús:
* Vio a Jesús cuando caminó sobre las aguas. Él mismo lo intentó, pero por desconfiar estuvo a punto de ahogarse.
* Prensenció la Transfiguración del Señor.
* Estuvo presente cuando aprehendieron a Jesús y le cortó la oreja a uno de los soldados atacantes.
* Negó a Jesús tres veces, por miedo a los judíos y después se arrepintió de hacerlo.
* Fue testigo de la Resurrección de Jesús.
* Jesús, después de resucitar, le preguntó tres veces si lo amaba y las tres veces respondió que sí. Entonces, Jesús le confirmó su misión como jefe Supremo de la Iglesia.
* Estuvo presente cuando Jesús subió al cielo en la Ascensión y permaneció fiel en la oración esperando al Espíritu Santo.
* Recibió al Espíritu Santo el día de Pentecostés y con la fuerza y el valor que le entregó, comenzó su predicación del mensaje de Jesús. Dejó atrás las dudas, la cobardía y los miedos y tomó el mando de la Iglesia, bautizando ese día a varios miles de personas.
* Realizó muchos milagros en nombre de Jesús.
En los Hechos de los Apóstoles, se narran varias hazañas y aventuras de Pedro como primer jefe de la Iglesia. Nos narran que fue hecho prisionero con Juan, que defendió a Cristo ante los tribunales judíos, que fue encarcelado por orden del Sanedrín y librado milagrosamente de sus cadenas para volver a predicar en el templo; que lo detuvieron por segunda vez y aún así, se negó a dejar de predicar y fue mandado a azotar.
Pedro convirtió a muchos judíos y pensó que ya había cumplido con su misión, pero Jesús se le apareció y le pidió que llevara esta conversión a los gentiles, a los no judíos.
En esa época, Roma era la ciudad más importante del mundo, por lo que Pedro decidió ir allá a predicar a Jesús. Ahí se encontró con varias dificultades: los romanos tomaban las creencias y los dioses que más les gustaban de los distintos países que conquistaban. Cada familia tenía sus dioses del hogar. La superstición era una verdadera plaga, abundaban los adivinos y los magos. Él comenzó con su predicación y ahí surgieron las primeras comunidades cristianas. Estas comunidades daban un gran ejemplo de amor, alegría y de honestidad, en una sociedad violenta y egoísta. En menos de trescientos años, la mayoría de los corazones del imperio romano quedaron conquistados para Jesús. Desde entonces, Roma se constituyó como el centro del cristianismo.
En el año 64, hubo un incendio muy grande en Roma que no fue posible sofocar. Se corría el rumor de que había sido el emperador Nerón el que lo había provocado. Nerón se dio cuenta que peligraba su trono y alguien le sugirió que acusara a los cristianos de haber provocado el incendio. Fue así como se inició una verdadera “cacería” de los cristianos: los arrojaban al circo romano para ser devorados por los leones, eran quemados en los jardines, asesinados en plena calle o torturados cruelmente. Durante esta persecución, que duró unos tres años, murió crucificado Pedro por mandato del emperador Nerón.
Pidió ser crucificado de cabeza, porque no se sentía digno de morir como su Maestro. Treinta y siete años duró su seguimiento fiel a Jesús. Fue sepultado en la Colina Vaticana, cerca del lugar de su martirio. Ahí se construyó la Basílica de San Pedro, centro de la cristiandad.
San Pedro escribió dos cartas o epístolas que forman parte de la Sagrada Escritura.
¿Qué nos enseña la vida de Pedro?
Nos enseña que, a pesar de la debilidad humana, Dios nos ama y nos llama a la santidad. A pesar de todos los defectos que tenía, Pedro logró cumplir con su misión. Para ser un buen cristiano hay que esforzarse por ser santos todos los días. Pedro concretamente nos dice: “Sean santos en su proceder como es santo el que los ha llamado” (I Pedro, 1,15)
Cada quien, de acuerdo a su estado de vida, debe trabajar y pedirle a Dios que le ayude a alcanzar su santidad.
Nos enseña que el Espíritu Santo puede obrar maravillas en un hombre común y corriente. Lo puede hacer capaz de superar los más grandes obstáculos.
La Institución del Papado
Toda organización necesita de una cabeza y Pedro fue el primer jefe y la primera cabeza de la Iglesia. Fue el primer Papa de la Iglesia Católica. Jesús le entregó las llaves del Reino y le dijo que todo lo que atara en la Tierra quedaría atado en el Cielo y todo lo que desatara quedaría desatado en el Cielo. Jesús le encargó cuidar de su Iglesia, cuidar de su rebaño. El trabajo del Papa no sólo es un trabajo de organización y dirección. Es, ante todo, el trabajo de un padre que vela por sus hijos.
El Papa es el representante de Cristo en el mundo y es la cabeza visible de la Iglesia. Es el pastor de la Iglesia, la dirige y la mantiene unida. Está asistido por el Espíritu Santo, quien actúa directamente sobre Él, lo santifica y le ayuda con sus dones a guiar y fortalecer a la Iglesia con su ejemplo y palabra. El Papa tiene la misión de enseñar, santificar y gobernar a la Iglesia.
Nosotros, como cristianos debemos amarlo por lo que es y por lo que representa, como un hombre santo que nos da un gran ejemplo y como el representante de Jesucristo en la Tierra. Reconocerlo como nuestro pastor, obedecer sus mandatos, conocer su palabra, ser fieles a sus enseñanzas, defender su persona y su obra y rezar por Él.
Cuando un Papa muere, se reúnen en el Vaticano todos los cardenales del mundo para elegir al nuevo sucesor de San Pedro y a puerta cerrada, se reúnen en Cónclave (que significa: cerrados con llave). Así permanecen en oración y sacrificio, pidiéndole al Espíritu Santo que los ilumine. Mientras no se ha elegido Papa, en la chimenea del Vaticano sale humo negro y cuando ya se ha elegido, sale humo blanco como señal de que ya se escogió al nuevo representante de Cristo en la Tierra.
San Pablo
Su nombre hebreo era Saulo. Era judío de raza, griego de educación y ciudadano romano. Nació en la provincia romana de Cilicia, en la ciudad de Tarso. Era inteligente y bien preparado. Había estudiado en las mejores escuelas de Jerusalén.
Era enemigo de la nueva religión cristiana ya que era un fariseo muy estricto. Estaba convencido y comprometido con su fe judía. Quería dar testimonio de ésta y defenderla a toda costa. Consideraba a los cristianos como una amenaza para su religión y creía que se debía acabar con ellos a cualquier costo. Se dedicó a combatir a los cristianos, quienes tenían razones para temerle. Los jefes del Sanedrín de Jerusalén le encargaron que apresara a los cristianos de la ciudad de Damasco.
En el camino a Damasco, se le apareció Jesús en medio de un gran resplandor, cayó en tierra y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” ( Hechos de los Apóstoles 9, 1-9.20-22.).
Con esta frase, Pablo comprendió que Jesús era verdaderamente Hijo de Dios y que al perseguir a los cristianos perseguía al mismo Cristo que vivía en cada cristiano. Después de este acontecimiento, Saulo se levantó del suelo, y aunque tenía los ojos abiertos no veía nada. Lo llevaron a Damasco y pasó tres días sin comer ni beber. Ahí, Ananías, obedeciendo a Jesús, hizo que Saulo recobrara la vista, se levantara y fuera bautizado. Tomó alimento y se sintió con fuerzas.
Estuvo algunos días con los discípulos de Damasco y después empezó a predicar a favor de Jesús, diciendo que era el Hijo de Dios. Saulo se cambió el nombre por Pablo. Fue a Jerusalén para ponerse a la orden de San Pedro.
La conversión de Pablo fue total y es el más grande apóstol que la Iglesia ha tenido. Fue el “apóstol de los gentiles” ya que llevó el Evangelio a todos los hombres, no sólo al pueblo judío. Comprendió muy bien el significado de ser apóstol, y de hacer apostolado a favor del mensaje de Jesús. Fue fiel al llamado que Jesús le hizo en al camino a Damasco.
Llevó el Evangelio por todo el mundo mediterráneo. Su labor no fue fácil. Por un lado, los cristianos desconfiaban de él, por su fama de gran perseguidor de las comunidades cristianas. Los judíos, por su parte, le tenían coraje por "cambiarse de bando". En varias ocasiones se tuvo que esconder y huir del lugar donde estaba, porque su vida peligraba. Realizó cuatro grandes viajes apostólicos para llevar a todos los hombres el mensaje de salvación, creando nuevas comunidades cristianas en los lugares por los que pasaba y enseñando y apoyando las comunidades ya existentes.
Escribió catorce cartas o epístolas que forman parte de la Sagrada Escritura.
Al igual que Pedro, fue martirizado en Roma. Le cortaron la cabeza con una espada pues, como era ciudadano romano, no podían condenarlo a morir en una cruz, ya que era una muerte reservada para los esclavos.
¿Qué nos enseña la vida de San Pablo?
Nos enseña la importancia de la labor apostólica de los cristianos. Todos los cristianos debemos ser apóstoles, anunciar a Cristo comunicando su mensaje con la palabra y el ejemplo, cada uno en el lugar donde viva, y de diferentes maneras.
Nos enseña el valor de la conversión. Nos enseña a hacer caso a Jesús dejando nuestra vida antigua de pecado para comenzar una vida dedicada a la santidad, a las buenas obras y al apostolado.
Esta conversión siguió varios pasos:
1. Cristo dio el primer paso: Cristo buscó la conversión de Pablo, le tenía una misión concreta.
2. Pablo aceptó los dones de Cristo: El mayor de estos dones fue el de ver a Cristo en el camino a Damasco y reconocerlo como Hijo de Dios.
3. Pablo vivió el amor que Cristo le dio: No sólo aceptó este amor, sino que los hizo parte de su vida. De ser el principal perseguidor, se convirtió en el principal propagador de la fe católica.
4. Pablo comunicó el amor que Cristo le dio: Se dedicó a llevar el gran don que había recibido a los demás. Su vida fue un constante ir y venir, fundando comunidades cristianas, llevando el Evangelio y animando con sus cartas a los nuevos cristianos en común acuerdo con San Pedro.
Estos mismos pasos son los que Cristo utiliza en cada uno de los cristianos. Nosotros podemos dar una respuesta personal a este llamado. Así como lo hizo Pablo en su época y con las circunstancias de la vida, así cada uno de nosotros hoy puede dar una respuesta al llamado de Jesús.
Visita el Especial de San Pablo con toda la información acerca del Año Paulino (2008-2009
Sin Mi no vale ni durara la amistad ni es verdadero ni puro el AMOR del que yo no soy lazo de
union! Porque todo lo que no procede de Dios perecera! (Imitacion de Cristo)
«Te daré las llaves del Reino de los cielos»
San Máximo de Turín (?-hacia 420), obispo
Sermón CC 1; PL 57, 402
El Señor ha reconocido en Pedro el intendente fiel al cual ha confiado las llaves del Reino, y en Pablo a un maestro cualificado a quien ha dado el encargo de enseñar a la Iglesia. Para permitir encontrar la salvación a los que han sido formados por Pablo, era necesario, para su descanso, que Pedro los acogiera. Cuando Pablo predicando habrá abierto los corazones, Pedro abre a las almas el Reino de los cielos. Es pues algo semejante a una llave lo que Pablo ha recibido de Cristo, la llave del conocimiento que permite abrir a los corazones endurecidos, la fe hasta lo más profundo de ellos mismos; seguidamente, en una revelación espiritual, hace que lo que estaba escondido en el interior se vea iluminado por la gran luz del día. Se trata de una llave que deja escapar de la conciencia la confesión del pecado y en la que se encierra para siempre la gracia del misterio del Salvador.
Los dos, pues, han recibido unas llaves de mano del Señor; llave del conocimiento para uno, llave del poder para el otro; éste es el dispensador de las riquezas de la inmortalidad, el otro distribuye los tesoros de la sabiduría. Porque hay los tesoros del conocimiento, como está escrito: «Este misterio es Cristo, en quien están encerrados todos los tesoros del saber y el conocer» (Col 2,3).
Sermón CC 1; PL 57, 402
El Señor ha reconocido en Pedro el intendente fiel al cual ha confiado las llaves del Reino, y en Pablo a un maestro cualificado a quien ha dado el encargo de enseñar a la Iglesia. Para permitir encontrar la salvación a los que han sido formados por Pablo, era necesario, para su descanso, que Pedro los acogiera. Cuando Pablo predicando habrá abierto los corazones, Pedro abre a las almas el Reino de los cielos. Es pues algo semejante a una llave lo que Pablo ha recibido de Cristo, la llave del conocimiento que permite abrir a los corazones endurecidos, la fe hasta lo más profundo de ellos mismos; seguidamente, en una revelación espiritual, hace que lo que estaba escondido en el interior se vea iluminado por la gran luz del día. Se trata de una llave que deja escapar de la conciencia la confesión del pecado y en la que se encierra para siempre la gracia del misterio del Salvador.
Los dos, pues, han recibido unas llaves de mano del Señor; llave del conocimiento para uno, llave del poder para el otro; éste es el dispensador de las riquezas de la inmortalidad, el otro distribuye los tesoros de la sabiduría. Porque hay los tesoros del conocimiento, como está escrito: «Este misterio es Cristo, en quien están encerrados todos los tesoros del saber y el conocer» (Col 2,3).
sábado, 28 de junio de 2008
Laicos: ser Iglesia “haciendo” el mundo
Fuente: Zenit.org
Autor: Miriam Díez i Bosch
A los laicos les corresponde la evangelización a través de los valores humanos y sociales, de la competencia profesional y la amistad, de la vida familiar y de la colaboración en la búsqueda del bien común y la justicia.
Lo cuenta en este entrevista el teólogo Ramiro Pellitero, que ha escrito un libro sobre el laicado, "Ser Iglesia haciendo el mundo. Los laicos en la nueva evangelización" (Editorial Promesa, San José de Costarrica, 2008), en el que explica "cómo vivir la Iglesia en la dinámica misma de la transformación actual del mundo".
Ramiro Pellitero (León, 1956) es doctor en Teología por la Universidad de Navarra, donde es profesor de Eclesiología y Teología Pastoral.
--"Ser Iglesia haciendo el mundo": ¿qué ha querido aportar con este libro?
--Pellitero: He querido presentar las cuestiones fundamentales que afectan a la teología y a la pastoral, referentes a los fieles laicos. Como todos los demás fieles, están incorporados a Cristo desde el bautismo. En su caso participan de los funciones de Cristo de acuerdo con la índole secular, característica teológica de la condición laical. Es decir, que buscan la santidad y participan en el apostolado de la Iglesia precisamente a través de su trabajo profesional, de la vida familiar y la intervención en la vida social, cultural y política. También para todo esto, el Espíritu Santo los enriquece con multitud de carismas al servicio de la misión de la Iglesia.
--¿Cuál es en concreto la contribución específica de los laicos a la evangelización?
--Pellitero: Como digo, la participación de los laicos en la evangelización debe comprenderse a partir del bautismo y de los carismas que reciben y acogen libremente, para la edificación de la Iglesia y el servicio al mundo.
Ellos están como naturalmente insertados en el mundo, en la sociedad civil. Ese es el "lugar" propio donde desarrollan su vocación bautismal y el objetivo principal, si se quiere llamar específico, de su misión.
El Concilio Vaticano II resume esa misión diciendo que les corresponde la ordenación de las realidades temporales al Reino de Dios. Es decir, la evangelización a través de los valores humanos y sociales, de la competencia profesional y la amistad, de la vida familiar y de la colaboración en la búsqueda del bien común y la justicia. Todo ello de acuerdo con los dones y carismas, muy variados, que reciben.
Como todos los fieles cristianos, es lógico que también los laicos participen más o menos intensamente, de acuerdo con sus posibilidades y preferencias, en tareas como la catequesis y la educación de los jóvenes, en las celebraciones parroquiales, la atención a los pobres y a los enfermos, la orientación familiar, y otras colaboraciones pastorales muy diversas.
--¿Qué lazo hay entre el Espíritu Santo y la misión de los cristianos?
--Pellitero: El Espíritu Santo es el principio de la unidad y de la vida de la Iglesia. Actúa en los sacramentos y los carismas, en orden a que todos los cristianos realicen la misión que Cristo les ha encomendado, bajo la guía de la Jerarquía.
Ahora bien, la vida y la misión de la Iglesia no debe entenderse como una actividad rígida y uniforme, sino como una sinfonía, donde caben y deben escucharse melodías e instrumentos diversos, bajo la autoridad del Colegio Episcopal. De este modo, los carismas garantizan la comunión, es decir, la unidad en la diversidad.
--¿Cuál es compromiso de los fieles laicos para una civilización del amor?
--Pellitero: Se podría resumir diciendo que su compromiso es la transformación de la cultura contemporánea, por medio de su coherencia y su presencia en la sociedad, con la santificación de la vida ordinaria: el trabajo, las relaciones familiares y de amistad... el servicio especialmente a los más necesitados, y su participación en la vida cultural y política.
Autor: Miriam Díez i Bosch
A los laicos les corresponde la evangelización a través de los valores humanos y sociales, de la competencia profesional y la amistad, de la vida familiar y de la colaboración en la búsqueda del bien común y la justicia.
Lo cuenta en este entrevista el teólogo Ramiro Pellitero, que ha escrito un libro sobre el laicado, "Ser Iglesia haciendo el mundo. Los laicos en la nueva evangelización" (Editorial Promesa, San José de Costarrica, 2008), en el que explica "cómo vivir la Iglesia en la dinámica misma de la transformación actual del mundo".
Ramiro Pellitero (León, 1956) es doctor en Teología por la Universidad de Navarra, donde es profesor de Eclesiología y Teología Pastoral.
--"Ser Iglesia haciendo el mundo": ¿qué ha querido aportar con este libro?
--Pellitero: He querido presentar las cuestiones fundamentales que afectan a la teología y a la pastoral, referentes a los fieles laicos. Como todos los demás fieles, están incorporados a Cristo desde el bautismo. En su caso participan de los funciones de Cristo de acuerdo con la índole secular, característica teológica de la condición laical. Es decir, que buscan la santidad y participan en el apostolado de la Iglesia precisamente a través de su trabajo profesional, de la vida familiar y la intervención en la vida social, cultural y política. También para todo esto, el Espíritu Santo los enriquece con multitud de carismas al servicio de la misión de la Iglesia.
--¿Cuál es en concreto la contribución específica de los laicos a la evangelización?
--Pellitero: Como digo, la participación de los laicos en la evangelización debe comprenderse a partir del bautismo y de los carismas que reciben y acogen libremente, para la edificación de la Iglesia y el servicio al mundo.
Ellos están como naturalmente insertados en el mundo, en la sociedad civil. Ese es el "lugar" propio donde desarrollan su vocación bautismal y el objetivo principal, si se quiere llamar específico, de su misión.
El Concilio Vaticano II resume esa misión diciendo que les corresponde la ordenación de las realidades temporales al Reino de Dios. Es decir, la evangelización a través de los valores humanos y sociales, de la competencia profesional y la amistad, de la vida familiar y de la colaboración en la búsqueda del bien común y la justicia. Todo ello de acuerdo con los dones y carismas, muy variados, que reciben.
Como todos los fieles cristianos, es lógico que también los laicos participen más o menos intensamente, de acuerdo con sus posibilidades y preferencias, en tareas como la catequesis y la educación de los jóvenes, en las celebraciones parroquiales, la atención a los pobres y a los enfermos, la orientación familiar, y otras colaboraciones pastorales muy diversas.
--¿Qué lazo hay entre el Espíritu Santo y la misión de los cristianos?
--Pellitero: El Espíritu Santo es el principio de la unidad y de la vida de la Iglesia. Actúa en los sacramentos y los carismas, en orden a que todos los cristianos realicen la misión que Cristo les ha encomendado, bajo la guía de la Jerarquía.
Ahora bien, la vida y la misión de la Iglesia no debe entenderse como una actividad rígida y uniforme, sino como una sinfonía, donde caben y deben escucharse melodías e instrumentos diversos, bajo la autoridad del Colegio Episcopal. De este modo, los carismas garantizan la comunión, es decir, la unidad en la diversidad.
--¿Cuál es compromiso de los fieles laicos para una civilización del amor?
--Pellitero: Se podría resumir diciendo que su compromiso es la transformación de la cultura contemporánea, por medio de su coherencia y su presencia en la sociedad, con la santificación de la vida ordinaria: el trabajo, las relaciones familiares y de amistad... el servicio especialmente a los más necesitados, y su participación en la vida cultural y política.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)